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OPINIÓN

José Mármol: Modernidad y posmodernidad

Antes que pretender fijar orígenes, o bien, sumarse a la polémica, a veces demasiado estéril, entre los que ven como extremos opuestos la modernidad y la posmodernidad; antes que hacer filas a la espera de encontrar definiciones sentenciosas o apodícticas de una u otra, habría que convenir una relación de oren dialéctico, al menos en la necesidad de situar la modernidad en términos históricos, económicos, culturales y sociales, así como ver en la posmodernidad un proceso evolutivo en el que, sin que se establezcan líneas fronterizas rígidas, la segunda, por el contrario, acentúa los rasgos autocríticos y de autoafirmación temporal de la primera.

Desde este modo de enfoque del problema, resulta válida una muy temprana, porque data de 1976, acepción de Zygmunt Bauman (2012) acerca de la modernidad, que aproxima a su consideración del socialismo como una utopía activa y como la más prominente expresión de la construcción intelectual o utópica de un orden social.

Sustenta, como un hecho muy sabido, que la modernidad es un fenómeno multifacético, el cual se resiste denodadamente a las definiciones de pretensiones tajantes.

Prevalece, pues, una aceptación general de que el fenómeno de la modernidad está íntimamente relacionado con la revolución tecnológica; también, en la óptica del pensador polaco, con el drástico crecimiento en espesor de la esfera intermediaria artificial extendida entre el ser humano y la naturaleza, con frecuencia presentada como dramático fortalecimiento del ascendiente humano sobre el orbe natural.

Hay, en consecuencia, que librarse del equívoco de fechar taxativamente la modernidad y presentarla como un reducto de lo que antecede a la posmodernidad.

Se trata, más bien, de situarla como acontecimiento socioeconómico y cultural en el que el individuo y los procesos históricos mismos experimentan transformaciones relevantes. No hay contenidos antagónicos entre la modernidad y la posmodernidad.

Muy por el contrario, sus fronteras analíticas unen, antes que separar. El presente se mezcla, en términos de recursos y fundamentos, con el pasado; lo arcaico presume de proyección y latencia del porvenir.

Al subrayar lo confusa, incoherente y contradictoria que es la vida real, contrario a ciertas aproximaciones teóricas que procuran reducirla a un sentido rayano en lo evidente, simple y hasta predecible, Bauman (2014) sustenta, en un ensayo de 1992, que no vivimos en un mundo pre-moderno, moderno o posmoderno.

Ve en esos tres mundos idealizaciones abstractas de aspectos mutuamente incoherentes del proceso vital. No se trata, pues, de compartimientos estancos, sino más bien, de “estrategias de vida”, sobre todo, en lo que atiene a la modernidad y la posmodernidad, que, en los tiempos actuales, antes que fronteras, nos presentan simultaneidades.

Así es como, por ejemplo, en lo atinente a construcciones culturales basadas en ideas, creencias y usos sociales como son la mortalidad y la inmortalidad, desde el horizonte de miras de la modernidad se trata de deconstruir la mortalidad, en lucha constante contra amenazas como las enfermedades, en tanto que en la estrategia vital posmoderna lo que se persigue deconstruir es la inmortalidad, al pretender, insiste Bauman, sustituir la memoria histórica por la notoriedad y la muerte por la desaparición irreversible, con lo que la vida es transformada en un continuo ejercicio cotidiano en torno a la mortalidad de las cosas, borrando, como resultado, la oposición entre lo transitorio y lo duradero.

Esa oposición entre lo transitorio, como rasgo de la posmodernidad, y lo presumiblemente duradero, en tanto que tipicidad de la modernidad, va a ser determinante en la comprensión de la vida actual, que simultáneamente nos muestra gigantescos avances tecnológicos y la supervivencia de la fuerza motriz animal o humana.

Modernidad y posmodernidad danzan la balada ambigua y paradójica de la historia.

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OPINIÓN

Arturo Martínez Moya: “Nuestro cuadro económico”

La primera condición para ampliar y consolidar la clase media es preservar el crecimiento de la economía alrededor de su potencial, con baja inflación y el peso estable, por eso son destacables las siguientes informaciones.
El PIB, la suma del conjunto de la economía, marco 5.7% en enero-marzo 2019, sobre su potencial, explicado desde la óptica de la demanda por el consumo de las familias, la inversión privada y el saldo exterior neto, que resto menos de lo acostumbrado por el mayor ritmo de las exportaciones, alcanzo la tasa anualizada de 4.6%, más que las importaciones, que por alza de la factura petrolera crecieron 4.2%.
Para que el aporte neto del sector externo sea positivo es necesario acelerar las ventas externas y sustituir importaciones, olvidando prácticas proteccionistas al estilo Washington-Pekín, podrían desatar una carrera incontrolada para ganar ventajas económicas, perdiendo los consumidores y empresas que finalmente pagan los aranceles.
El gobernador del Banco Central prevé que este año la economía aumentará por encima de 5.5%, y seguirá siendo intensivo en empleo, cito que en doce meses se crearon 155,848 empleos netos, alrededor del 80% formales con acceso a seguridad social, descendiendo la tasa de informalidad total de 57.8% a 55.6%.
Se apoya, además, en lo siguiente, lo que comparto. Uno, en las fuertes perspectivas de la economía. Relativo al volumen del PIB, en la Región República Dominicana es de lo que más capital extranjero han atraído en los últimos años, en enero-marzo 2019 sumo US$803.7 millones, aumento 28.2% con relación al primer trimestre de 2018.
Dos, en la estabilidad de los precios macroeconómicos. En el país la inflación ha sido domada, promedio 2.4% de 2015 a 2018, ahora es inexistente o muy baja, lo que es buena noticia para los ahorristas, cualquier rentabilidad que se obtenga sobre ese nivel significa que el ahorro está ganando poder adquisitivo, como los depósitos a plazo, se paga 2.2 veces la mencionada inflación media.
Y tres, no obstante la fortaleza del dólar en el exterior, el ciclo de dinero relativamente barato en nuestros bancos comerciales y de la tasa de interés de referencia del Banco Central, la depreciación media del peso fue solo 3.2%% en los años 2015-2018. Aunque un poco más que la inflación, el nivel estuvo por debajo de la meta y el país ganó competitividad en el exterior, explicando el aumento de las exportaciones.
La sostenida baja inflación y la estabilidad del peso han sido cruciales en la reducción de la prima de riesgo de los inversores. El índice retorno/precio de los títulos en pesos de deuda pública doméstica se redujo 5.6%, de 106.52 el 2 de enero a 100.61 el 6 de mayo 2019, y lo mismo sucedió con el Emerging Market Bond Index (EMBI) que mide el riesgo de la deuda pública en dólares circulando en los mercados internacionales, de 374.26 puntos básicos el 2 de enero paso a 311.21 puntos básicos el 6 de mayo 2019.
Que nadie se engañe, debemos preservar la economía c

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