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OPINIÓN

Eddy Olivares: Narcotráfico y política

Cuando en el año 1932, el arquitecto de la Cosa Nostra, Lucky Luciano se convirtió en el  Jefe de la Mafia, creó un cargo en su gabinete criminal para el manejo de las  relaciones con las esferas políticas, judiciales y policiales, al frente del cual designó al capo  Frank Costello, calificado por Eric Frattini, en su libro Mafia, S.A., como el más grande corruptor de políticos.

Ese mismo año se celebró la Convención Nacional del Partido Demócrata en Chicago, en la que resultó elegido Franklin D. Roosevelt. Relata Frattini que, en ocasión del evento, Frank Costello, a quien todo el mundo de los bajos fondos comenzaba a conocer como el primer ministro, se hospedó en el Hotel Drake, donde se encontraban las principales figuras, lo que le facilitó darle la mano a quien después se convertiría en Presidente de los Estados Unidos.

La convención puso en evidencia la situación de corrupción que se vivía en algunos partidos estadounidenses, a tal extremo que después de Costello haber comprado una gran cantidad de candidatos, el Capo di tutti Capi,  Lucky Luciano, le dijo a éste que en lugar de acercarse a candidatos ya nominados el sindicato nombraría a sus propios candidatos.

No se puede negar que más allá de este tiempo y de nuestra región, en este y el otro lado del Atlántico, los narcotraficantes han corrompido la política con el financiamiento ilegal, en la cual han encontrado cómplices, pero también a políticos honrados y valientes que los han enfrentado hasta a costa de sus propias vidas.

Hoy como ayer, el crimen organizado invierte su ilegal dinero en la política en busca de poder para realizar sus actividades delictivas sin mayores dificultades. Para ello le aportan dineros a algunos partidos y candidatos, casi siempre, durante las campañas electorales.  También, pero en muy pocos casos, participan directamente en la actividad política.

Por otro lado, se debe estar consciente de que cuando un ciudadano se afilia a un partido político, sin importar la actividad a la que esté dedicado, salvo que se encuentre cumpliendo una condena, tiene derecho a ser postulado a cargos de elección popular.

Quien resulta seleccionado como candidato de un partido a un cargo de elección popular no puede ser sustituido mediante ningún mecanismo interno, salvo que renuncie formalmente a la candidatura, se le compruebe una violación grave a la Constitución o a la Ley 33-18 o haya sido condenado penalmente mediante una sentencia irrevocable, para lo cual el partido deberá obtener la autorización de la Junta Central Electoral.

Por tanto, prevenir y evitar la infiltración de narcotraficantes en la política debe ser un compromiso sagrado del liderazgo político, el cual, desafortunadamente, ha contribuido con el fomento del criterio que ha prevalecido en las últimas décadas en los partidos en el sentido de privilegiar a quienes tengan más dinero como candidatos a los cargos de elección popular.

No se puede negar que las competencias internas de los partidos, debido a su elevado costo, son cada vez más inequitativas, lo mismo que las elecciones nacionales, por lo que para que sean equitativas e íntegras, la Junta Central Electoral y los partidos deben crear las condiciones necesarias para reducir los gastos de campaña, aplicando mecanismos efectivos para el cumplimiento de los topes de gastos y de la transparencia en el  financiamiento privado.

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OPINIÓN

Guido Gómez Mazara: La ira de los excluidos

Han sido base de una legitimidad democrática en América Latina

Guido Gómez Mazara

Cuando Hugo Chávez Frías derrotaba a Henrique Salas Romer con el 56% de los votos, arrancaba una gestión de gobierno 1999-2004 como resultado de las elecciones celebradas el 6 de diciembre de 1998 que transformaría el mapa político de América Latina.

Hasta su éxito, las corrientes de izquierda no conseguían victorias por vía del voto popular y tenían en los golpes contra Juan Bosch (1963) y Salvador Allende (1973), claras manifestaciones de la inviabilidad de proyectos cercanos a corrientes no deseadas por los intereses de Washington.

Con los precios del petróleo altos, resultó fácil estimular candidaturas presidenciales que se asociaban a la inconsistente noción de socialismo del siglo 21. Ahora bien, la gente olvida que el fenómeno político que rompió en Venezuela con el Pacto de Punto Fijo, colocando en Miraflores a un coronel golpista, no anduvo en principio relacionado con aspectos ideológicos sino inspirado en las ideas del libertador, Simón Bolívar.

La apuesta Chavista recreó una táctica inteligente y reiterada en el continente: capitalizar la rabia de los excluidos. Por eso, las victorias en Bolivia, Argentina, Paraguay, Ecuador, inclusive en el caso mexicano, hacen coqueteos y/o exhiben fascinación por el socialismo, pero su verdadera garantía de triunfo reside en la incorporación de núcleos históricamente excluidos.

Veinte años después del inicio del llamado proceso de viraje hacia la izquierda en el continente, tanto Venezuela como Nicaragua parecen destinadas a resistir cualquier proceso de someterse a la consideración de los ciudadanos como claro indicador de que, intuyen con claridad, la imposibilidad de construir victorias bajo reglas mínimas de observación electoral.

De ahí, el cerco a los opositores, persecución e invalidación de aspirantes presidenciales, llamados a representar la opción política para salir de gobernantes obsesionados con el poder y convencidos de las perturbaciones penales con posterioridad a su salida del tren gubernamental. Tanto las ofertas conservadoras como las de tintes progresistas, se resisten a la alternancia como expresión de fortalecimiento a la esencia del sistema democrático.

Para entender las simpatías conseguidas por Arauz en Ecuador, el triunfo de Hasller en Chile y los votos depositados a favor de Castillo en Perú, debemos reconocer la quiebra de las organizaciones partidarias tradicionales y el afán de los electores en premiar las opciones cercanas a sus intereses.

Inclusive, las fuerzas electorales que, mediante el método democrático, regresaron al poder como en Bolivia y Argentina, lo consiguieron por dos factores básicos: los gobiernos que le sustituyeron al estimular reformas económicas se  olvidaron del impacto en los sectores pobres y las políticas asistencialistas terminaron constituyéndose en caldo del cultivo de una lealtad que se radicalizó a favor del partido que, desde el Gobierno, cooptaba con ayudas al elector incorporado en los programas sociales.   

América Latina, el continente seducido por los discursos redentores y la magia revolucionaria de Fidel Castro, encontró en la rabia de los excluidos la base de una legitimidad democrática de mayor trascendencia que la entrada a La Habana en 1959 y los 9 comandantes ingresando con tanques por las calles de Managua.

Por eso, los clásicos partidos perdieron su lazo con la sociedad del siglo 21, al falsamente interpretar que el modelo de pluralidad serviría de bujía inspiradora y fuente sepulturera del discurso redentor y justiciero.

Se equivocaron. Antes, inspirados en la llegada de un proceso revolucionario, y ahora, un crecimiento desigual, una educación capaz de preparar a los que más pueden para el país del siglo 21 y el resto condenado a la mediocridad, se convirtieron en la fuente por excelencia de desplazar del poder a todo lo que asciende y no llena las expectativas elementales.

La nueva realidad política es innegablemente menos ideologizada, y así y sin pretenderlo, se allana el camino de vengadores sociales. Sin destrezas, ni herramientas fundamentales para la gestión y validados por los electores. ¡Culpables, somos todos!

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