En política, aspirar es un derecho; construir liderazgo, en cambio, es un mérito que no concede el “sobrecito”, ni una nómina inflada, ni el eco arti
En política, aspirar es un derecho; construir liderazgo, en cambio, es un mérito que no concede el “sobrecito”, ni una nómina inflada, ni el eco artificial de un cargo público. Las recientes mediciones de la encuestadora ACD Media, que tomó el pulso a las aspiraciones presidenciales dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM), han puesto en evidencia algo que muchos en los pasillos del poder ya sabían y pocos se atrevían a decir: hay dirigentes que vuelan, sí, pero con alitas cortas.
El director de INAPA, Wellington Arnaud; Tony Peña Guaba desde el Gabinete de Política Social; Guido Gómez Mazara, eterno aspirante; y Víctor de Aza, desde la Liga Municipal Dominicana, figuran en la encuesta con números tan modestos que parecen confirmar lo que el pueblo percibe: el poder administrativo no se traduce necesariamente en liderazgo político.
Ninguno de ellos logra siquiera rozar el 3% dentro de su propia organización, un dato que más que reflejar falta de popularidad, revela ausencia de verdadero arraigo y conexión con la ciudadanía.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿para qué aspirar?Aspirar sin posibilidades no es estrategia electoral; es estrategia de negociación. No se trata de proyectos de nación, sino de cuotas de poder. No se habla de visión de país, sino de mantener la llave de una institución pública, la burocracia al servicio de la influencia personal y el favorismo político.Y es que, si mañana se les retirara el escritorio oficial, el presupuesto bajo firma y el personal que corre a cumplir órdenes, ¿quedaría algo? ¿Serían llamados “líderes”? ¿Seguirían marcando presencia, o simplemente dejaría de sonar el teléfono?El PRM, que llegó al poder prometiendo renovación, eficiencia y ruptura con los vicios del pasado, enfrenta el desafío de demostrar si su cantera política es realmente de estadistas o solo de administradores momentáneos del Estado.
No se trata de negar el derecho a soñar con la Presidencia. Se trata de reconocer que un país no se dirige con aspiraciones vacías, sino con liderazgo real.
La política necesita altura, y algunos deberían aceptar que, por más que aleteen, hay vuelos reservados solo para quienes tienen alas de verdad.


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