Hay una señal que la clase política dominicana debería tomar en serio: la distancia que parece crecer entre los partidos y una parte de la ciudadanía.

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Hay una señal que la clase política dominicana debería tomar en serio: la distancia que parece crecer entre los partidos y una parte de la ciudadanía.

No significa necesariamente que la gente haya perdido el interés por el país. Puede significar, más bien, que cada vez le cuesta más reconocer sus pro

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No significa necesariamente que la gente haya perdido el interés por el país. Puede significar, más bien, que cada vez le cuesta más reconocer sus propias preocupaciones en los discursos de quienes aspiran a gobernarla.

Basta escuchar las conversaciones cotidianas para entender de dónde viene buena parte del malestar. En los barrios, los colmados, las paradas del transporte y las reuniones familiares se habla del costo de la vida, de los salarios que no alcanzan, de la inseguridad y de las dificultades para conseguir un empleo que permita vivir con cierta tranquilidad. Son problemas concretos, frente a los cuales los discursos políticos pierden fuerza cuando no vienen acompañados de respuestas.

Para una familia dominicana, la política también se mide al hacer la compra del supermercado, pagar la factura eléctrica o buscar atención médica sin comprometer el dinero destinado a otras necesidades. Un joven que trabaja y todavía no puede independizarse tiene razones para cuestionar sus oportunidades. Lo mismo ocurre con quien cumple sus responsabilidades, pero siente que su esfuerzo no se traduce en una mejor calidad de vida.

Esa realidad ayuda a explicar por qué las promesas electorales pueden generar cada vez más escepticismo entre algunos ciudadanos. Durante las campañas abundan las visitas, los abrazos y los compromisos con las comunidades. Sin embargo, cuando pasan las elecciones, muchas personas sienten que sus problemas vuelven a quedar fuera de la agenda.

La decepción no aparece de un día para otro. Se acumula con cada compromiso incumplido, con las explicaciones que nunca llegan y con la impresión de que ciertos dirigentes recuerdan a la gente cuando necesitan su apoyo. Con el tiempo, esa experiencia puede convertirse en desconfianza y, en algunos casos, en una decisión de apartarse de las organizaciones políticas.

Durante décadas, los partidos ocuparon un lugar importante en la vida pública dominicana. Las caravanas, las reuniones y la identificación con determinados colores formaban parte de la actividad cotidiana. Para muchas personas, pertenecer a una organización política era una manera de expresar sus ideas y apostar por un cambio.

Hoy, esa relación parece enfrentar nuevos desafíos. Las generaciones más jóvenes tienen otras expectativas, las redes sociales permiten cuestionar a los dirigentes con mayor rapidez y el acceso a la información facilita comparar promesas con resultados. La lealtad partidaria ya no debería darse por sentada: necesita razones para mantenerse.

Eso no significa que todos los políticos actúen de la misma manera. En la República Dominicana hay servidores públicos, dirigentes comunitarios y representantes que trabajan con honestidad y compromiso. Sus esfuerzos merecen reconocimiento. Pero tampoco se puede utilizar el buen desempeño de algunos para restar importancia a las faltas de quienes incumplen sus deberes o aprovechan sus posiciones para beneficio propio.

La ciudadanía no espera funcionarios infalibles. Espera que respondan por sus decisiones, que escuchen las críticas y que reconozcan sus errores cuando corresponda. La confianza puede recuperarse cuando las palabras encuentran respaldo en los hechos. En cambio, las justificaciones constantes y los ataques contra quienes cuestionan la gestión solo profundizan las dudas.

El costo de la vida es uno de los asuntos que más directamente conecta la gestión pública con la experiencia de los hogares. Las cifras de crecimiento económico pueden mostrar avances, pero esos resultados deben evaluarse también a partir de lo que ocurre en la vida diaria. Si una familia sigue teniendo dificultades para cubrir sus necesidades, es válido preguntarse cómo se distribuyen los beneficios del crecimiento y qué medidas pueden mejorar su situación.

La discusión económica no debería limitarse a los indicadores. También debe considerar la calidad del empleo, el poder adquisitivo de los salarios, el acceso a servicios públicos eficientes y las oportunidades para emprender. Para la gente, el progreso se vuelve tangible cuando puede cubrir sus gastos con menos angustia, ofrecer mejores condiciones a sus hijos y planificar su futuro sin sentir que cualquier imprevisto puede desestabilizar el hogar.

Los jóvenes representan otro desafío para los partidos. Muchos quieren avanzar profesionalmente, desarrollar sus propios proyectos y participar en las decisiones que marcarán el rumbo del país. Sin embargo, conseguir el primer empleo, independizarse o encontrar oportunidades para poner en práctica sus conocimientos constituye una preocupación para quienes intentan construir su futuro.

Acercarse a esa generación exige algo más que convocarla a marchas, actividades y encuentros electorales. Hace falta escuchar sus propuestas, abrir espacios de participación y permitir que asuma responsabilidades reales. Renovar las organizaciones políticas tampoco consiste únicamente en cambiar algunos rostros. Implica revisar prácticas, aceptar nuevas ideas y ofrecer oportunidades a personas que no han tenido acceso a los mismos espacios de poder.

Las redes sociales han cambiado, además, la relación entre los dirigentes y la opinión pública. Un problema comunitario puede alcanzar visibilidad nacional en cuestión de horas, mientras una respuesta desafortunada puede provocar un rechazo que se extienda rápidamente. Esta capacidad de fiscalización ciudadana es positiva, aunque también puede incentivar una política centrada en la polémica y la exposición permanente.

Tener muchos seguidores o dominar las cámaras no demuestra, por sí solo, capacidad para gobernar. La evaluación de un dirigente debe considerar sus decisiones, su preparación, su conducta y los resultados de su trabajo. La comunicación política pierde sentido cuando se reduce a publicar fotografías, responder ataques o buscar protagonismo, en lugar de explicar las decisiones públicas y escuchar las necesidades de la población.

Los ciudadanos también tienen una responsabilidad. Informarse, contrastar las declaraciones y evaluar las propuestas ayuda a tomar decisiones más conscientes. Las diferencias partidarias no deberían impedir el debate respetuoso ni convertir a quienes piensan distinto en adversarios personales. Una democracia necesita ciudadanos críticos, capaces de exigir resultados sin renunciar al diálogo.

El problema más serio aparece cuando el desencanto deja de dirigirse contra una organización específica y se extiende a la política en general. Una persona puede cambiar de partido, retirar su apoyo a un dirigente o decidir que ninguna propuesta la representa. Es parte de su libertad. Pero cuando llega a creer que participar no sirve para nada, puede terminar alejándose de los espacios donde también se discuten decisiones que afectan su vida.

La abstención y la desconfianza merecen atención, aunque sus causas no deben darse por sentadas sin datos que permitan comprenderlas. No todas las personas se alejan por las mismas razones. Algunas pueden estar inconformes con los partidos; otras, con sus candidatos, sus propuestas o la forma en que funcionan las instituciones. Entender esas diferencias es indispensable para encontrar respuestas que vayan más allá de los discursos.

Los partidos tienen que examinar su propia conducta. Necesitan mantener el contacto con las comunidades después de las elecciones, explicar qué pueden hacer y qué obstáculos enfrentan, y rendir cuentas sobre sus compromisos. También deben demostrar que la transparencia, la participación y la renovación son prácticas concretas, no palabras reservadas para los documentos institucionales o las campañas.

La gente necesita propuestas que respondan a sus preocupaciones y dirigentes dispuestos a explicar cómo pretenden cumplirlas. Las disputas internas y los enfrentamientos públicos pueden ocupar titulares, pero difícilmente sustituyen las soluciones que esperan las familias en materia de salud, educación, seguridad y empleo.

Recuperar la confianza no será cuestión de una campaña publicitaria ni de un cambio de discurso. Exige constancia y una relación distinta con la ciudadanía. También requiere aceptar que el apoyo electoral no concede un cheque en blanco y que quienes ocupan cargos públicos deben responder por sus actuaciones.

Detrás de una crítica puede haber una experiencia de abandono; detrás de una protesta, un problema que lleva tiempo sin resolverse. Incluso la decisión de no respaldar a ningún partido puede reflejar el cansancio de alguien que todavía quiere ver avanzar a su país, pero no encuentra razones suficientes para confiar en sus representantes.

La República Dominicana está llena de personas que se levantan cada día para trabajar, estudiar, criar a sus hijos, emprender y contribuir a sus comunidades. Muchas siguen apostando por un futuro mejor. La cuestión es si las organizaciones políticas están dispuestas a escuchar sus preocupaciones y demostrar, con su conducta, que pueden representarlas.

La política pierde su sentido cuando se convierte en una carrera por conservar posiciones y se distancia de las necesidades de la población. Su razón de ser está en atender los asuntos públicos, defender el interés colectivo y crear condiciones para que la gente pueda vivir mejor.

Por eso, la pregunta que debería ocupar a los dirigentes no es únicamente cuántos votos pueden conseguir en las próximas elecciones. También deberían preguntarse por qué una parte de la ciudadanía desconfía de ellos y qué están haciendo para cambiar esa percepción.

Ganar una elección requiere apoyo; construir confianza exige mantenerlo con hechos. Cuando la gente deja de creer, no siempre protesta ni hace ruido. A veces, simplemente deja de escuchar.

Y esa distancia, una vez instalada, puede resultar mucho más difícil de superar que cualquier derrota electoral, es ahí donde se sustensa que más del 50 % de la poblacion activa electortal no se identifica con la partidocracia dominicana.

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